Lo primero que debe ver el visitante de Lisboa es la zona más antigua, los barrios de la Alfama y la Baixa. El segundo es la Meca de los turistas, el punto de partida de cualquier visita. Podemos recorrerlo por nuestra cuenta o con un tour turístico a pie. Probablemente es la zona que todos hayamos visto en postales o imágenes de la ciudad en el telediario.

El casco histórico

Tras quedar arrasado por el famoso terremoto de 1755, lo rehicieron al estilo neoclásico, con calles bien rectas y fachadas llenas de azulejos, un verdadero arte en Portugal. Está atravesado al completo por la Avenida de la Libertad, maravillosa vía repleta de construcciones del siglo XIX y aceras con mosaicos. Su punto de inicio sería la Plaza de los Liberadores y el final la del marqués de Pombal, frontera de la Lisboa moderna. En la primera se erige un obelisco, decorado con estatuas alegóricas de bronce que recuerda cuando Portugal se indepenizó de España en 1640. Cerca de los Liberadores está un edificio de gran interés para nosotros: el Palacio Foz, sede de la oficina de Turismo de Lisboa, además del elevador da Glória, que asciende al maravilloso mirador de San Pedro de Alcantará. Otras plazas imprescindibles son la del Rossio, con su fastuosa arquitectura, la cercana estación modernista y el café Nicola, y la celebérrima Plaza del Comercio, con la estatua de José I a caballo y el Arco de Triunfo, un eje comercial y gastronómico.

Plaza del Comercio

Además de la Baixa, el otro distrito histórico del centro por antonomasia, también con azulejos y puertas de colores y fado (es la cuna de esta tonada nacional lusa). Antaño refugio de pescadores, hoy es un dédalo de pintorescas callejas. Hay una manera más fácil de conocerlo: la línea 28 de tranvía transcurre por gran parte de este distrito y del anterior, realizando paradas muy cerca de los monumentos más interesantes, como por ejemplo el Panteón Nacional.

La zona alta

Si cogemos cerca del Comercio el Elevador de Santa Justa llegaremos al Chiado, el pequeño Montmartre de la capital portuguesa. Es otro barrio de nueva planta, después de que el incendio de 1998 lo devastara. Alberga los restos del Convento do Carmo, hoy convertidos en el Museo Arqueológico Nacional, y dos observatorios de ensueño: Miradores de Santa Catalina y San Pedro de Alcántara. Abunda en tiendas de libros (nota especial: Bertrand en la Rua Garrett) y cafés de ambiente literario, que recogen el legado bohemio delsiglo XX. Sobresale en celebridad A Brasileira, muy retratada por tener enfrente una estatua del escritor Fernando Pessoa a la entrada.

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Cruzando la Plaza de Camoes, que tuvo gran importancia en la Revolución de los Claveles de 1974, llegamos a la zona de copeteo: el Barrio Alto. Podemos descansar en sus jardines perfumados antes de continuar. Con locales para todos los gustos, y también espectáculos de fado como el que nos ofrece la Tasca do Chico, o tomarnos una cerveza mientras terturliamos en el exterior de cualquier lugar, que es lo más típico de la zona. Un sitio algo diferente es la cervecería Trindade, con un enorme salón de comidas, antiguo refectorio de un convento. Para los más amantes de la hostelería, existen rutas guiadas por los barrios del distrito en las noches más animadas.

Lejos del centro

Si nos salimos un poco del puro centro, sin perder por ello belleza y facilidad de conomunicación, halleremos el barrio de Belém, al que llegamos sin mayor dificultad en el tranvía 15 (mucho cuidado con los carteristas) o en barco, un medio de transporte nada extraño en Lisboa. Los golosos encontrarán aquí su paraíso: es donde se erige la fábrica de los conocidos pasteles de nata del mismo nombre, que fabrica miles y miles a diario para todo Portugal.

En el distrito de Belém se levantan algunos monumentos de relevancia capital: uno es la Torre de Belém (espectacular defensa de la ciudad construida en el siglo XVI, Patrimonio Cultural de la Humanidad), el Monasterio de los Jerónimos (también de ese siglo y posiblmente la visita número 1 de Lisboa; el equivalente al Escorial de Portugal, última morada en la tierra de Fernando Pessoa y poseedor de unos jardines y un claustro envidiables) y el Monumento a los Descubridores.

Si nos desplazamos hacia las zonas más nuevas de la capital, hacia norte y junto al Tajo, daremos con el Parque das Naçoes, especialmente diseñado para la Expo mundial de 1998. Aconsejamos a nuestros lectores realizar sus compras al centro comercial Vasco da Gama, asistir a algún evento deportivo o cultural que se encuentren en el pabellón Atlántico, admirar la Estación de Oriente –diseñada por el tristemente céebre arquitecto español Santiago Calatrava- o entrar all Oceanario de Lisboa, muy apreciado por los niños.

Además de estos distritos, los más conocidos, tenemos otros como los del etorno Plaza del marqués de Pombal, Benfica, Santos, Alcantará y otras freguesías de Lisboa (son nada menos que cicuenta y tres) pero tienen mucho menor interés turístico.

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Visitas culturales

Entre los museos, tenemos que resaltar dos: el del fado en Alfama (por estar dedicado a esta manifestación musical tradicional de Portugal, con espacios dedicados a los principales artistas y hechos históricos) y el Museo de la Fundación Calouste Gulbenkian, poseedor de una colección fastuosa, de las más importantes no públicas del continente. Este espacio recorre 4.000 años de la historia del arte, con autores tan conocidos como Monet, Rubens, Rembrandt, Andy Warhol, Picasso, Duchamp, Dali, o Pollock. Cuenta además con un espléndido jardín -que comparte con el Centro de Arte Moderno de Lisboa- y numerosas joyas y artesanía grecorromana y del Lejano Oriente.

Algunos otros museos de interés pueden son el de Oriente (muy completo debido a la relación histórica; el Museo Nacional de Arte Antiguo, también de renombre internacional; el de la Marina, fundamental en la historia de Portugal, país muy volcado en el par y la navegación; el de la Moda y el Diseño, gratuito y con muestras de as últimas tendencias mundiales; el de Carruajes, muy visitado por los propios portugueses; y el de la Colección Berardo, consagrado a la arquitectura.

Si se quieren visitar todos estos museos, y alguno más, además de los sitios que ya hemos mencionado más arriba, aconsejamos comprar una tarjeta Lisboa Card, disponible en periodos de validez de 24, 48 y 72 horas (con precio relativamente descendente). Otorga al portador la entrada gratuita a multitud de monumentos (saltándose, además, la cola en los más concurridos) y museos, da descuento en otros y permite acceder a toda la red de transporte público. Además, suele haber algún día de apertura gratuita de los museos, a menudo el domingo.

Los mayores también, pero sobre todo los niños, disfrutarán del Jardín Zoológico de Lisboa, situado en Sete Ríos. Con cientos de especies animales y multitud de actividades y espectáculos (delfines, aves en vuelo libre, etc.), es todo un entretenimiento integral en el que merece la pena gastar medio día o incluso un día entero. Además, cuenta con multitud de facilidades de acomodo y restauración. En invierno hay varios eventos de primer orden, como Lisbonarte, ModaLisboa y la Muestra de Teatro Joven, además del multitudinario Carnaval, más antiguo pero menos conocido que el de Río de Janeiro.

Los alrededores. Otras visitas

Quien permanezca en Lisboa una temporada tiene muchas otras cosas que ver: el puente 25 de Abril (día de la Revolución de los Claveles) o el de Vasco de Gama, los paseos en barco, la Catedral da Sé, la estatua de Cristo Redentor, el Castillo de San Jorge -domina todo el Tajo, muy atrayente-, el atardecer en el Lago das portas do Sol, la casa de Amalia Rodrigues, las discotecas de Santos, el mercadillo de Santa Clara los sábados y martes por la mañana o un espectáculo de fado, preferentemente en la Alfama.

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Una joya poco conocida de la ciudad es el palacio de los marqueses de Fronteira, situado en el barrio de Benfica, en lal linde Parque Florestal de Monsanto. En él encontraremos un precioso jardín trufado de estatuas y un lago con cisnes negros. En el interior hallaremos una construcción clasicista (siglo XVII) declarada monumento nacional.

En las afueras hay varios lugares muy interesantes aparte de las playas -a veces un poco escondidas-, a los que se puede acceder en transporte público, aunque merece la pena alquilar un coche que nos dé más libertad de horario y movimiento. La primera parada ha de ser la localidad de Sintra. Es tan hermoso que su casco viejo es Patrimonio de la Humanidad.

Lo más destacable de él son sus palacios, sobre todo el Nacional de Sintra y el da Pena, que tiene lista de espera para acceder. Más allá, pasando la Sierra de Sintra, se encuentran los acantlidados del Cabo da Roca, el impresionante punto continental más occidental de Europa. Ya en el viaje de vuelta hay que hacer un alto en el pueblo de mansiones -antes de pescadores- de Cascais de Estoril. Los españoles recordarán que aquí estuvo durante muchos años exiliado el abuelo de su actual rey y los fans de las novelas de James Bond reconocerán su aristocrático casino.

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