Es una pena tener solo un día para conocer una ciudad tan interesante, grande y llena de historia como Lisboa, qué se le va a hacer. Lo primero, habrá que renunciar a cualquier excursión a zonas próximas, como el Cabo de Roca, Cascais o Estoril. Lo segundo, llegar al centro desde el Aeropuerto. Para ello la mejor opción es el Aerobus, que solo cuesta 3,5 euros, sale cada 20 minutos, su billete vale para todo el día en los dos sentidos y circula de siete de la mañana a once de la noche. Nos llevará al centro, y, según nos interese, a la Plaza del Marqués de Pombal o a la Plaza Restauradores; nosotros nos detendremos allí para admirar el obelisco que homenajea la independencia del país en 1640 y desayunar en uno de los muchos cafés de alrededor.

Comienza la ruta por Lisboa

Dejadas las maletas en el hotel o simplemente reposado el café, y con un calzado preparado para la zona de cuestas que vamos a recorrer, cogeremos el tranvía 28 de Lisboa, por ejemplo en la Plaza de Martin Moniz (es importante subirse pronto para evitar las colas posteriores), un transporte icónico que nos llevará por los principales lugares del casco histórico de la ciudad. En la parada de Campo de Santa Clara encontraremos el Panteón Nacional; si entramos y subimos, disfrutaremos de una maravillosa vista del barrio histórico de Alfama.

No muy lejos del Panteón, más o menos a un cuarto de hora caminando por fantásticas calles empedradas (con deliciosos detalles como los azulejos, las puertas de colores, la ropa tendida…), llegaremos al Mirador de Santa Lucía, que domina todo el Tajo. Cerquita, a otros cinco minutos, está el espléndido Castillo de San Jorge, un edificio de ocho siglos con envidiables vistas y jardines y una no tan envidiable cuesta de acceso. Suele haber allí músicos callejeros y, en verano algunos festivales.

Qué ver en Lisboa en un día: mirador Santa Lucía

A tiro de piedra del castillo está la Catedral da Sé, no muy grande. Pagando entrada se puede acceder al claustro interior; si no se quiere o no se tiene tiempo, basta con admirarla por fuera. Continuaremos nuestro camino hacia el Tajo, donde nos toparemos con la Casa dos Bicos, fácilmente reconocible por su fachada tachonada de piedras que se asemejan a diamantes, por ser la sede de la Fundación Saramago y por tener cada puerta y ventana de un estilo diferente.

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Comer en la Baixa

Tras haber pasado por la Casa dos Bicos y disfrutado de algún evento o exposición temporal que nos encontremos, andaremos otros cinco minutillos hasta llegar a la emblemática Plaza del Comercio, una de las estampas más conocidas de la capital de Portugal, con su gigantesca estatua ecuestre de José I. Hechas las fotos de rigor, pasamos por debajo del Arco de Triunfo y desembocamos en la Rua Augusta, repleta de tiendas de recuerdos, terrazas y restaurantes; estaremos ya hambrientos después de tanta caminata.

El menú dependerá de los gustos y los bolsillos de cada uno. Por lo general, y sobre todo si se ha venido con el dinero justo, es mejor huir de los anuncios en varios idiomas, pues están puestos ahí para atraer a turistas incautos. Un local atractivo para descubrir la auténtica comida portugesa lo encontraremos muy probablemente en la Rua dos Sapateiros; no deje usted de pedir arroz caldoso o cualquier clase de bacalao. Para el postre, imprescindible entrar en cualquiera de las numerosas pastelerías u pedir los tradicionales pasteles con nata.

Si la modorra de la sobremesa no lo vence, dése una vuelta por las tiendas de la zona y luego encamínese a la calle de Santa Justa, donde encontrará el elevador (nombre portugués de los funiculares) homónimo que nos llevará al nuestro siguiente destino.

Qué ver por la tarde

Tras disfrutar del paseo y las vistas del Elevador de Santa Justa, cruzaremos una pasarela que conduce hasta las ruinas del convento do Carmo, es el momento de darse un garbeo por el barrio bohemio del Chiado, que cuenta siempre con un gran ambiente. Para los más aficionados a la lectura es una parada obligatoria la librería Bertrand en la Rua Garrett y todos disfrutarán de un descanso en el Mirador de Santa Catalina, junto a la plaza Luis de Camoes.

Puede tomarse el aperitivo de la tarde en cualquiera de los muchos locales de la zona; muchos turistas no se pierden A Brasileira, con su célebre estatua de Fernando Pessoa en la entrada.

Una segunda opción para después de comer es acudir, en metro o tranvía, al algo más alejado barrio de Bélem, donde se encuentran la Torre del Mismo nombre, el Monumento a los Descubridores y el Monasterio de los Jerónimos.

Qué ver en Lisboa en un día: Barrio Alto

Planes para la noche de Lisboa

Ya caída, o al caer la noche, si no estamos completamente reventados y queriendo volver al hotel, o si todavía no debemos irnos de la ciudad, aún queda tiempo para una última visita: el Barrio Alto, la zona de copas por excelencia, fronterizo con el Chiado. Hay muchos lugares allí para cenar, espectáculo incluido; pero ojo, porque muchos van a la caza del turista ingenuo. Es recomendable mirar muy mucho el menú antes de entrar y nosotros optamos por sitios como la cervecería Trindade. Se trata de un establecimiento especializado en mariscos situado en la calle del mismo nombre, con un amplísimo comedor (antes era el refectorio de un monasterio) y cocina que cierra tarde.

Al contrario de lo que sucede en otras ciudades españolas, donde no está permitido e incluso se multa, en los bares del Barrio Alto es muy común entrar a pedir una copa o una cerveza y salir fuera a tomársela en tertulia con los colegas. Está especialmente concurrido los fines de semana y tiene unos horarios de cierre más tempranos que los españoles. Opciones menos multitudinarias son la terraza de la escuela Chapitô, que cuenta con unas vistas magníficas, o cenar en algún local de la calle de Portas de Santo Antao.

Para realizar todas estas visitas es muy recomendable adquirir una tarjeta Lisboa Card, que se compra por Internet o en oficinas turísticas y permite la entrada gratis a muchos museos y monumentos, proporciona descuento en otros y proporciona transporte gratuito en toda la red urbana. O, si no queremos complicarnos la vida siguiendo guías ni contando los minutos que gastamos, una alternativa muy interesante es contratar un tour a pie. Por último, una buena manera de despedirse de Lisboa, hasta lo que esperemos que sea otra ocasión, es tomarse en un buen chupito de licor de frutas local, la ginjinha.

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